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Columnas de Opinión | “Cuando una sociedad también entra en alerta”

La convivencia no se rompe de golpe: antes suele cambiar la manera en que nos miramos.”

Por Sergi Torondel, Psicólogo General Sanitario y Director de IntegraMent Psicologia i Coaching.

Hay momentos en los que una ciudad cambia sin que apenas nos demos cuenta. No cambia porque aparezcan edificios nuevos. Ni porque aumente el turismo. Ni siquiera porque lleguen personas de otros lugares. Cambia cuando cambia la forma en que sus vecinos se miran entre ellos.

Resulta curioso que miles de personas podamos abrazarnos para celebrar un Mundial, sentirnos parte de algo más grande y emocionarnos con once deportistas a los que quizá nunca conoceremos personalmente. En ese momento, la pertenencia aparece con facilidad: cantamos, compartimos espacio, toleramos la incomodidad y nos reconocemos en una alegría común. Pero a veces nos cuesta encontrar ese mismo sentimiento cuando hablamos de la ciudad en la que vivimos cada día.

Una misma calle puede seguir teniendo los mismos comercios, los mismos bancos, las mismas luces y el mismo ruido de fondo. Pero si empezamos a caminar por ella con el cuerpo en tensión, si bajamos la mirada, si interpretamos cada grupo como una amenaza y cada noticia como una confirmación, entonces algo se ha movido en la vida común. No siempre cambia primero la realidad. A veces cambia primero el sistema de alarma compartido.

La percepción de inseguridad tiene una fuerza enorme porque no vive solo en los datos. Vive también en las conversaciones, en los vídeos que circulan, en los relatos que se repiten en la panadería, en el bar, en los grupos de WhatsApp o en la puerta del colegio. Daniel Kahneman explicó que solemos valorar la probabilidad de algo según lo fácil que nos resulta recordarlo. Una imagen reciente, un episodio muy comentado o una experiencia cercana pesan más que una estadística fría. Y eso no significa que el miedo sea inventado. Significa que el miedo también tiene memoria, contexto y contagio.

Stephen Porges, desde el estudio del sistema nervioso, ha insistido en una idea sencilla y profunda: antes de razonar, el cuerpo busca señales de seguridad. Cuando esas señales desaparecen, nos cerramos. Escuchamos peor. Confiamos menos. Nos defendemos antes de comprender. Lo que ocurre en una persona también puede ocurrir en una comunidad. Una sociedad también puede desregularse.

Cuando una ciudad entra en alerta colectiva, el debate público se estrecha. Ya no hablamos solo de hechos, responsabilidades o soluciones. Hablamos desde la necesidad urgente de sentirnos a salvo. Y desde ahí es muy fácil dividir el mundo entre nosotros y ellos. Henri Tajfel mostró que las identidades de grupo pueden activarse con mucha rapidez, especialmente cuando sentimos amenaza. De pronto, una persona deja de ser una persona y pasa a representar una categoría entera. Ese es uno de los riesgos más silenciosos del miedo: simplifica demasiado aquello que necesita ser entendido con cuidado.

Esto no quiere decir que haya que negar los problemas. Una convivencia sana necesita límites claros, normas compartidas, presencia institucional, educación, justicia y respuesta ante las conductas que dañan. La ingenuidad no construye comunidad. Pero tampoco la construye la sospecha permanente. En una ciudad como Lloret, acostumbrada a recibir, mezclar y sostener ritmos muy distintos, esta mirada importa especialmente. Si todo se interpreta desde la alarma, acabamos castigando también los vínculos que podrían ayudarnos a reparar lo que se ha roto.

Gordon Allport defendía que el contacto entre grupos reduce prejuicios cuando se da en condiciones adecuadas: respeto, igualdad, cooperación y objetivos comunes. No basta con cruzarse por la calle. Hay que crear situaciones en las que las personas puedan reconocerse sin máscaras. Escuelas, clubes deportivos, asociaciones, comercios, entidades vecinales y espacios culturales tienen aquí un papel mucho más importante del que a veces imaginamos. La cohesión social no se decreta. Se practica.

Robert Putnam llamó capital social a esa red invisible de confianza que permite que una comunidad funcione mejor: saber quién es el vecino, saludar, pedir ayuda, participar, sentir que lo común también nos pertenece. Cuando ese capital se empobrece, cualquier conflicto pesa más. Cuando se fortalece, incluso los problemas difíciles encuentran más caminos de respuesta.

También importan las normas que una ciudad transmite sin palabras. Investigaciones sobre normas sociales, como las de Robert Cialdini o Kees Keizer, han mostrado que el entorno influye en la conducta: un espacio cuidado invita más al cuidado; un espacio abandonado puede legitimar el abandono. Cuando un lugar comunica caos, suciedad o impunidad, baja el umbral de la incivilidad. Incluso personas que en sus ciudades son cívicas pueden relajarse aquí si perciben que nadie mira, nadie cuida y nada tiene consecuencias. El desorden no solo molesta: educa.

Desde IntegraMent Psicologia i Coaching lo vemos a menudo en personas, familias, profesionales, equipos, líderes y también en instituciones: cuando el estrés y el miedo suben, disminuye la capacidad de escuchar, decidir y convivir. Regular no significa evitar el conflicto, sino aprender a atravesarlo sin que destruya los vínculos. A veces una comunidad necesita lo mismo que una persona: detenerse, respirar, entender qué le está pasando y recuperar recursos para responder mejor.

Quizá el reto de ciudades como la nuestra no sea elegir entre seguridad o convivencia, como si fueran caminos opuestos. Tal vez el reto sea comprender que la seguridad más profunda no nace solo de controlar el riesgo, sino de reconstruir confianza, normas claras y presencia compartida. Una ciudad resiliente no es la que nunca siente miedo. Es la que no permite que el miedo piense por ella.

Porque cuando el miedo deja de ser individual, la respuestatampoco puede serlo; y una ciudad tambien puede desregularse.

Una ciudad fuerte no es la que nunca tiene problemas, es la queconsigue afrontarlos sin perder aquello que la hace realmenteFuerte: La confianza entre las personas. Y esa confianza, igualque la salud mental, también se cuida, también se protege y, sobre todo, también se entrena.

Sergi Torondel

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