Columnas | Día Mundial del Autismo: La ciudad de los TEA, una reflexión sobre la contención y el amor incondicional

- 2 de abril, Día Mundial del Autismo
Los padres con hijos especiales vivimos planificando nuestra muerte, y mientras yo envejezco, tú te haces más joven. Juntas reinventamos caminos. Tu diagnóstico fue un instante sin tiempo de años; un pasado y un futuro fagocitados por el presente. A veces me necesitas y me encuentro lejos; es entonces cuando te quedas, como haría don Quijote, a luchar contra gigantes sin envainar espada alguna, sino con tu mera presencia.
Me recuerdas aquel miedo con el que vivimos los padres: nos faltan fuerzas porque os las traspasamos todas. Nos sabemos inmortales hasta que, un día, cuando haya vivido todas las primaveras de la vida y te vea arquitecta de tu propia historia, la muerte me blindará en un abrazo.
Crecerán las flores por doquier y un ejército de mariposas sobrevolará mi cuerpo; los colores más hermosos de la tierra treparán por la túnica negra de aquella insípida figura, y lujosas fragancias llorarán sobre el filo de la hoz. Escucharé las notas musicales más bellas y, a través de la ventana, podrá verse el último atardecer. Unos ángeles me susurrarán tu nombre al oído, “Lucía”, mientras se llevan mi corazón antes de que se marchite; en él, tu rostro va bordado.
Yo sonreiré, y tú sonreirás cuando me pienses, porque he tenido el privilegio de haberte parido.
“Contención” suele ser una palabra de connotaciones negativas debido al uso excesivo e innecesario de esa práctica en pacientes con TEA. Sin embargo, gracias a la perseverancia de su entorno y de ella misma, hoy recurro a una de las palabras más temidas del vocabulario del autismo para resignificarla.
Leyendo La ciudad de las damas de Christine de Pizan, y esa descripción de una ciudad habitada por la élite femenina —donde las primeras escogidas son aquellas que lo soportaron todo en nombre de un amor inexplicable—, me asaltó la idea de la contención como virtud.
Lo que para otros parece debilidad requiere en realidad una fuerza inmensa: soportar un mundo con el que estás en desacuerdo y, aun así, mostrarte en paz. No hay mayor muestra de dominio interno, y esa es la preciada virtud que alcanzó mi hija.
Como una arquitecta, transformó su rigidez en los ladrillos con los que fundó su fortaleza, mostrando una resistencia heroica; una muralla necesaria para que su mundo interno no se derrumbe ante un entorno que no comprende sus tiempos ni sus códigos. Es la piedra firme de su propia ciudad sagrada, para sobrevivir en un mundo no diseñado para ella.
Veo, por fin, en mi hija esa virtud de sostenerse a pesar del sufrimiento. La protección del “yo” es también saber contenerse: ella es el recipiente donde guarda lo valioso, haciendo de su espacio algo sólido que no necesita desparramarse para ser válido.
Es una palabra que sustituye la “discapacidad” por una disciplina del alma. Su forma de estar en el mundo no es una limitación, sino una estructura geométrica, clara y noble, tal como las damas que Pizan imaginó. Esa contención soberana es lo que le permite preservar su esencia frente al ruido exterior.
No me iré hasta que no tengas construida tu propia Ciudad de las Damas.
Frans Gallardo




