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Columna de Opinión | Menos quejas y más oficio: Empieza por nosotros

  • Por Òscar Portela

Seamos sinceros: criticar la temporada turística en Lloret se ha convertido en nuestro deporte local favorito. Que si el perfil de cliente que llega no nos gusta, que si el incivismo en las calles, que si la masificación de siempre… Llevamos años pasándonos la pelota en las conversaciones de café, como si nuestro pueblo fuera un simple espectador de su propio destino y a nosotros no nos quedara más remedio que encogernos de hombros.

Pero si lo miramos de cerca, la realidad es otra. Ninguna ciudad atrae a un visitante diferente simplemente por poner palabras bonitas en un folleto. Lo atrae por aquello que ofrece y demuestra cada mañana cuando abre la persiana.

Es cierto que en Lloret tenemos empresarios y establecimientos que han hecho los deberes: instalaciones excelentes, servicios de primer nivel y una apuesta real por la calidad. Pero qué lástima ver cómo, fuera de la temporada alta, estos mismos negocios se ven obligados a vender sus habitaciones y servicios a precios muy por debajo de lo que les correspondería por categoría y servicio para poder mantener la actividad. ¿Y por qué ocurre esto? En gran parte, porque todavía convivimos con locales y alojamientos completamente desfasados que, al no haber aprendido a evolucionar, solo pueden competir por el precio más bajo, arrastrando a todo el destino hacia abajo y atrayendo a un turismo de pocos recursos, a menudo asociado a conflictos.

Y tampoco podemos mirar hacia otro lado cuando hablamos de nuestra infraestructura pública. El eterno problema de los accesos al municipio, con retenciones históricas y conexiones precarias que desesperan tanto a residentes como a visitantes, continúa siendo un freno enorme para cualquier desarrollo serio. A ello se suma una administración que demasiadas veces va a remolque: la falta de recursos, la burocracia y una alarmante lentitud de reacción ante los problemas diarios hacen que las soluciones siempre lleguen tarde y mal.

Si a este cóctel le añadimos la falta de mano de obra preparada y la pérdida del oficio en la atención al cliente, el diagnóstico es claro: no tenemos un problema de turistas, tenemos un problema de modelo y de gestión.

No podemos aspirar a un turismo de diez si sufrimos accesos del siglo pasado, una administración lenta, negocios desfasados y falta de personal formado. El nivel no lo pone quien viene de fuera; lo fijamos nosotros desde casa.

La calidad no se promete, se demuestra. Reconocer a quienes lo hacen bien, exigir la modernización de quienes se han quedado atrás, dotar a las administraciones de recursos y capacidad de respuesta real, y recuperar el orgullo por el trabajo bien hecho no es un capricho: es el único camino para asegurar el futuro de Lloret. Menos lamentarnos por el turismo que nos llega y más valentía para exigir la ciudad y los servicios que merecemos.

Òscar Portela

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